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"Lacan, Freud y la sexualidad"

Danièle Lévy

Contexto
En Francia, por la influencia de una importante presencia musulmana, con evidente proporción de fundamentalistas, un recurrente debate público apasiona parte de la opinión: la disputa por el velo. Cada vez se ven más mujeres "con velo" en las calles: no es como en Afganistan, se trata sólo de un chal sobre la cabeza, llevado de una manera austera. Algunas familias y muchachas exigen llevar este "velo" tradicional de las mujeres musulmanas en la escuela, contrariando la norma de la escuela laica y republicana que prohibe llevar insignias religiosas en los establecimientos escolares. Los directores de escuela y hasta ministros no saben si aceptarlo o no, pues la costumbre del velo puede presentarse como un fenómeno cultural.
Esta reivindicación a veces se acompaña de un pedido de eximición de educación física, ciencias naturales, etc. Ellas (¿o sus padres?) aceptan de la escuela sólo lo que es compatible con sus tradiciones religiosas y culturales.
Como si la "charia", la ley musulmana debiera aplicarse a los musulmanes en Francia, aún cuando se oponga a las leyes de la República. Aún cuando tengan la nacionalidad francesa. Por ejemplo, recientemente, el ministro del Interior señaló que las fotos de las cédulas de identidad y pasaportes debían permitir reconocer a las personas; por lo tanto las mujeres debían sacarse el velo para esas fotos. Indignación de los imanes;¿sacar el velo de nuestras mujeres ante cualquier policía o aduanero? Imposible. El tema sigue estancado.
Me pareció necesario esas aclaraciones para situar mi exposición dentro de ese contexto. También se plantea un interrogante paralelo con respecto al feminismo. ¿Qué importancia puede tener en América latina, tomando en cuenta que la palabra "macho" forma parte del acervo latinoamericano?
Con todo no he modificado este texto que me fue solicitado por una revista universitaria francesa especializada en "Gender studies".

Viñetas de la calle

Una mujer joven cargada con bolsas, arrastrando un cochecito y dos chiquilines entra en un edificio delante mío. Alta, delgada, la cabeza cubierta con un chal blanco, anudado prolijamente debajo del mentón. Erguida, pero reservada, abre la puerta, se dirige hacia la escalera, avisando cariñosamente a sus chicos de no hacer ruido. Su acento no engaña: es francesa.
¿Cómo es posible, me pregunto, que tantas mujeres europeas se conviertan al Islam? "El amor" por un hombre no explica todo. El porte de esta señora da la respuesta: es una cuestión de dignidad recuperada. Lo relaciono con nuestras chicas, obligadas por la moda a exhibir todas sus líneas corporales y partes de su piel, decretadas arbitrariamente en cada temporada. La ropa restringe, siempre fue así, aún si desde la Revolución francesa cada uno es libre de interpretar esta restricción a su modo. Aún si un grupo sobrexcitado, cada vez más numeroso, exhibe en los medios, tiendas y supermercados su ingeniosidad para interpretar los cánones de la moda. La erotización y la singularidad nunca pierden
totalmente sus "derechos", ya que se los reconoce. Pero en esta moda de hoy (¿lúdica, acaso?) la vestimenta pierde su función de protección, de continente, no acompaña más el gesto con su amplitud, sin hablar de su función de velo... Curiosa erotización de masa, encarnizada, industrial, trágica por responder sólo al mínimo deseo de hombres aterrorizados, desconcertados con esa exhibición de sus fantasmas en la escena pública.
Esta mujer, digo yo, encontró esta manera de vivir una existencia de mujer. Casi se la puede envidiar, aunque quizás su suerte no sea envidiable. Envidiar por la coherencia de su posición. No sabemos cómo será más adelante.
Al revés de nuestras muchachas, expresa con su manera de ser un modo de prudencia civilizada, versión mujer. Se restablece una separación entre lo público y privado, entre el ser visible y el íntimo. La sexualidad se aloja en las casas, ¿qué hace en las calles?.
¿Qué mujer contemporánea no fue atravesada en algunos instantes por momentos de ensueños? ¿El nuevo desorden amoroso conduce hacia una nueva sexualidad?
Psicoanalista, y conociendo los tormentos que la cuestión sexual, directamente o bajo distintos disfraces, inflige a nuestros analizados de hoy a pesar de la "libera(li)zación de las costumbres", me pregunto si no hace falta el orden sexual. No puedo ignorar que el ejercicio de la sexualidad se rige por fantasmas inconscientes, éste u otros, cuya represión, desplazamiento o sublimación a veces crean problemas. La división de los sexos es un componente esencial de todas las organizaciones sociales conocidas. Ese orden sexual puede llegar a ser severo, hasta cruel, para ponerse a la altura de la culpabilidad inconsciente y crudeza de sus fantasmas. El obispo Cauchon mandó quemar a Juana de Arco, a pesar de que contestaba de manera impecablemente ortodoxa a todas las trampas doctrinarias, porque rechazaba categóricamente llevar pollera... No se sometía al orden "querido por Dios" para las personas de su sexo. Hay muchos más ejemplos de ansiedades originadas en los hombres (y las mujeres) cuando una mujer "no se queda en el lugar que le corresponde". Esto también es válido para los hombres, por ejemplo el horror a la homosexualidad. Toda posición sexual, no conforme a las representaciones vigentes, induce una mezcla variable de fascinación y angustia. Me acuerdo en este momento de otra viñeta de la calle: un chofer de taxi, visiblemente tentado por el islamismo radical me decía con voz alterada y asustada a la vez: "Ud. Se da cuenta, cuando una mujer engaña a su marido, se la puede matar con tirarle piedras". La escena imaginada lo dejaba soñador, sin duda referida a algún elemento de su historia.
Otro día me cruzo con un hombre que lleva un gorro musulmán y un cartel de propaganda en la mano. Estaba tratando de convencer a otro árabe. Este lo escuchaba fastidiado, sin animarse a rechazarlo, fascinado parcialmente. Involuntariamente, tuve un movimiento de retroceso y miedo: ¿y si me dirigía la palabra? Además, con mi apellido... La escena transcurría poco después del gran miedo de abril 2002, entre las dos vueltas de la elección presidencial. En aquel momento, los "fascistas", extremistas de la reacción nacional y viril resurgieron de las sombras, proclamando el tiempo de la revancha.
Inmediatamente un silencio de plomo se instaló en las calles y mercados: temor de delación, de exclusión violenta. Uno apenas se animaba a salir de casa. ¿Este comerciante de quesos, esa persona con quien me cruzo, por quién votó? Tuve dos reacciones simultáneas para tranquilizarme. Primero: "basta de pensar boludeces, sos mujer y no se
animará a hablarte". Segundo, en última instancia diré: no quiero que me encierren. A ningún precio. ¿La señora con el chal blanco, con qué precio paga su actitud tranquila? Mi libertad también tiene precio.

¿Feminista?

¿Cómo no ser feminista? Lo fui, a veces de manera más exagerada: cuando me confrontaba con la violencia de los hombres, a menudo incomprensible, descontrolada y con su desconocimiento implacable hacia lo que me parecía evidente como mujer: tendrían que comprender... Más tarde me percaté que mi propio desconocimiento de su lógica subjetiva (lo que los afecta, los trastorna y los hace soñar) era igual al de ellos con respecto a las mujeres. Como ellos, aunque de manera diferente les atribuía perfidias... En esos momentos, perdían su singularidad, ya no eran fulano, mi hermano, mi compañero, eran "el hombre", "los hombres", solos o en pandilla. Me acordaba de reflexiones de mi madre.
Gracias a Lacan pude restablecer cierto equilibrio, aunque excluía la armonía total. Con Freud sólo no hubiera sido suficiente; con el psicoanálisis tampoco. El psicoanálisis me trajo mayor mesura en mi relación con las mujeres y los hombres, pero gracias a Lacan pude hablar de eso. Tuvo, en cierto momento, el mismo efecto en el movimiento feminista: hacer que pueda hablarse de eso. Hablar desde otro lugar que no sea el de la rebeldía, sin negarlo y sin olvidar las reivindicaciones legítimas (por lo menos para las mujeres). Esto ocurría en las años 70, con los textos de algunos(as) de sus alumnos, con el Seminario "Aún", con el "Homenaje a Marguerite Duras". Las mujeres empezaban a hablar entre sí de su femineidad y de la femineidad distinta de otras mujeres. Pero no es en esa época que empieza la remodelación lacaniana de las tesis freudianas sobre la femineidad y masculinidad. El interés renovado de psicoanalistas, intelectuales y artistas que se acercaban a él por esa temática ya había nacido en intercambios anteriores.
El mismo Lacan no tenía demasiadas simpatías por las feministas, tampoco antipatía. No ignoraba ni el sufrimiento de las mujeres ni el de los hombres. No creo que haya desempeñado un papel directo en el movimiento feminista. Quizás, a través de algunas analizadas cuyas palabras se liberaban. Lacan era ante todo un psicoanalista preocupado por comprender lo que se da en el funcionamiento psíquico de hombres y mujeres para que puedan asumirlo. Apasionado con el psicoanálisis, se preocupaba con proporcionar a los futuros psicoanalistas puntos de referencia sólidos, sin ninguna concesión a los ideales personales o normas sociales. Sus adelantos provienen de este incansable trabajo de conjunción entre la "observación" clínica y la exigencia de rigor y coherencia conceptuales. Es indispensable precisar: la clínica psicoanalítica presenta características muy particulares. Es la clínica de la transferencia, es decir, de lo que se manifiesta del deseo inconsciente a través de un vínculo (especialmente del vínculo analítico). Solamente en un segundo tiempo, por repercusión, adquiere el valor que todos le reconocen de ser la clínica del sujeto.
Desde ese punto de vista Lacan encaraba la historia y la evolución de las sociedades: en qué condiciones colocan al sujeto y cuales son las singularidades aceptadas, o sea "lo que se necesita de goce para que la historia continúe". Freud se planteaba la misma cuestión pero en sentido inverso: ¿qué mecanismos psíquicos llevan a que un
individuo acepte enajenar parte de sus deseos para comprometerse en una civilización? Las teorías del contrato social no convencen, pues el inconsciente es insensible para la utilidad común. Además, esta renuncia no se realiza de buen grado, engendra odio. Nunca es total: a la menor oportunidad se desencadenan pasiones y furias.
En cierto momento de su investigación, Lacan propuso para hablar de las mujeres el término "Otro goce". Este término se tomó como una interpretación. Algunas integrantas del movimiento feminista se lo apoderaron pues denominaba un terreno común, inexplorado, un lugar de palabra posible: las mujeres no son como los hombres, tampoco son como dicen los hombres que son. ¿Qué somos? ¿Qué queremos? Fue, en el plano del pensamiento por lo menos, el primer paso significativo después de la publicación de "El segundo sexo" de Simone de Beauvoir 25 años atrás.

Lacan, lector de Freud y psicoanalista

Decir que Lacan era psicoanalista, significa recordar primero que todo el psicoanálisis, teoría, práctica y método, proviene del descubrimiento del inconsciente. El tratamiento psicoanalítico es un trabajo destinado a poner en evidencia la dimensión inconsciente del psiquismo. A través de una experiencia con vías siempre singulares, pero con elementos principales siempre constantes, el sujeto aprende a manejarse con esa dimensión inconsciente contra la cual luchaba en vano. No se trata de ningún modo de hacer consciente el inconsciente, pretensión irrealizable y pedante. Los componentes inconscientes están inscritos en el cuerpo, donde dirigen todo lo relacionado con el goce, el placer y la relación con el otro. Sólo se revelan lo que son, fuerzas inconscientes que llevan a la repetición de los mismos escenarios de vida, cuando son trasladados y vueltos a desempeñar en el marco de un análisis y con la condición de que el analista encuentre la manera de devolver al analizado lo transcurrido. Esta experiencia tiene efectos terapéuticos precisos: algunos síntomas desaparecen o se atenúan, algunos dolores se alivian, algunos automatismos de pensamiento o de conducta se abandonan. Tiene también y sobre todo efectos psíquicos, en la relación del sujeto consigo mismo, al otro, a la palabra, al destino. Al desprenderse de algunas alienaciones que paralizaban su existencia a pesar suyo, percibe mejor, piensa y actúa más libremente, deja aparecer la singularidad de su deseo y, en lo posible, la alteridad. Reconoce sus responsabilidades en lo que le pasa.
Todo esto no lleva a una situación ideal. Por el contrario, se ve enfrentado con la finitud, con su manera particular de participar en el destino común.

Lacan retoma por su lado todo lo que Freud descubrió en ese campo del psicoanálisis, sin eximir nada. Pero reformula el conjunto a partir de lo que puede llamarse su metodología: la experiencia, en efecto, se desarrolla entera y exclusivamente en el plano de la palabra. Esta nueva palanca le permitirá hacer adelantar cuestiones que Freud mismo, según su propia confesión, dejó en suspenso. No es casualidad que su primer seminario trata de los "Escritos técnicos de Freud".
Al darse cuenta que la palabra depende del fenómeno más amplio del lenguaje, Lacan relacionará la conceptualización freudiana (descripción de los mecanismos de la represión y de la censura, definición progresiva de la práctica psicoanalítica) con la lingüística, ciencia que se desarrolló desde Freud a partir de la obra conceptual de F. de
Saussure. El lingüista Jakobson, su amigo, ciertamente fue un socio en los descubrimientos mayores de los comienzos que desembocaron en la comprobación: los mecanismos inconscientes puestos en evidencia por Freud son estríctamente homólogos a los que la lingüística descubre en el lenguaje. En otros términos: el inconsciente está estructurado como un lenguaje.
De ahí resulta que el psicoanálisis permite explorar la incidencia del fenómeno del lenguaje sobre el ser humano. Como el inconsciente actúa a la vez sobre el cuerpo y sobre la lengua, forzoso es comprobar que esa incidencia es inmensa, sin límites definidos, y se ejerce en todos los dominios sin excepción. El lenguaje es como una inmensa red proyectada sobre lo real. Ese tramado, matriz de todo sistema simbólico, es el elemento donde vivimos. Cada hombrecito debe inscribirse allí, bajo pena de muerte, a partir de las condiciones proporcionadas por los que lo acogen. Se inscribe allí, cualquiera sea el uso que haga de la palabra.
La vida humana se desarrolla, pues, en el nivel de ese intermediario obligado, ese orden simbólico que proyecta lo real en un más allá problemático. Esto es lo que llamamos "psíquico". El lenguaje no es un puro instrumento a disposición del animal superior sino un habitat. Como todo habitat, estructura profundamente a sus habitantes. De esta manera, cada ser humano es el teatro de una causalidad doble: los mecanismos fisiológicos explorados por las ciencias se combinan con una causalidad de otro orden, simbólica si se quiere, con la condición de atribuir a esa expresión el sentido que toma a partir de Saussure y de Mauss: combinación autónoma, sistema de circulación y de intercambio obligado. El lenguaje des-naturaliza al animal humano.
No quiere decir que puede expresar todo. Lo real, fatalmente lo desborda y vuelve por algunos agujeros, mallas desprendidas, ausencia total o parcial de representación. Esos agujeros circunscriben lo que se llama un punto de lo real y lo determinan como desorden. El inconsciente pertenece a ese orden, pero sólo en apariencia pues las inscripciones existen pero reprimidas. El método freudiano permite rozar esas inscripciones, lo que produce remodelaciones psíquicas y el surgimiento de una nueva posición subjetiva. Freud descubrió un método psicoterapéutico radicalmente nuevo; "la verdadera psicoterapia" como la llama, pues actúa sobre el nivel de la producción de síntomas. El mismo Freud señala sus límites con la noción de inanalizable; dice, por ejemplo, que todo sueño comprende un ombligo resistente a la interpretación. Esa presencia de lo inanalizable en el corazón del trabajo analítico, Lacan lo va a redefinir a partir de sus conceptualizaciones lingüisticas: algo falta en el sistema simbólico del Otro. A partir de esa falta, uno de cuyos nombres es el "pequeño a", va a modificar la técnica psicoanalítica.
La sexualidad también incluye en su centro tal ausencia de representabilidad. En esto desembocamos después de este largo rodeo.
Freud había comprobado que en el nivel inconsciente (insisto, en el nivel inconsciente) había un solo representante de la sexualidad: el pene; "concepto inconsciente", "pequeño objeto que puede ser separado del cuerpo". Los humanos se dividían, pues, en dos especies (o mejor dicho dos géneros): aquéllos que lo tenían y temían perderlo, aquéllas que no lo poseían y deseaban adquirirlo a cualquier precio. El valor de ese órgano proviene de ser el supuesto instrumento del goce, aquello con lo cual papá hace algo a mamá, hasta niños, hasta yo mismo. Toda la sexualidad humana se organizaba entonces bajo el "primado del falo", relacionado directamente con la vida misma.
Ese instrumento, Lacan lo vuelve a situar en el plano simbólico. Hombre y mujer son seres hablantes. Retoma el término fálico que Freud había atribuido a una posición sexual infantil, cuando la cuestión de la diferencia de sexos se vuelve apremiante y cuando los niños elaboran sus "teorías sexuales infantiles", siempre erróneas pero siempre geniales.
Uno puede tener un pene y no poseer el falo, hasta algunos hombres se sienten incómodos con su miembro suplementario. Se puede no tener pene y ocupar un lugar fálico, ser poderoso(a) o deseable. El falo no pertenece a nadie, sólo el Padre Ideal disponía de él en la época en que era ideal. Para nosotros, que seguiremos siempre como sus niños, el falo no es un objeto, es una función: cada uno habla y actúa en función de esa cumbre inalcanzable. La castración no es pues ya sólo una amenaza o un castigo; es sólo su representación imaginaria, fantasmática. En el plano simbólico, ya se ha cumplido, aunque sea por el entramado del lenguaje que nos hace lo real invivible. En la medida que renuncia a la potencia y al goce míticos el individuo poseedor de la palabra se vuelve un sujeto capaz de desear. El deseo no se estructura según la naturaleza, sino en términos simbólicos, según cómo la historia del sujeto inscribe marcas de goce en su cuerpo. Se modifica según las leyes del desplazamiento y de las combinaciones de la lengua.
Tales son las conclusiones generales a las que lleva la experiencia mil veces repetida del psicoanálisis.

Siempre guiado por la lógica, Lacan observa que si hay un solo representante de la sexualidad genital en el inconsciente, se deduce que no hay dos. Como lo decía Freud, la parte "propiamente" femenina no se inscribe allí. Nada permite pues inscribir la diferencia de sexos en la órbita del deseo inconsciente.
Muchos psicoanalistas habían ya destacado esa insuficiencia de la teoría; muchas mujeres se quejaban de no verse ubicadas en las representaciones freudianas de la femineidad, aún después de un análisis. Se buscaba por otro lado, en la erótica de la cloaca, de la cripta o de la sombra, mientras que otros llevaban al extremo el primado del falo y la envidia del pene. Todos podían comprobar el precio exorbitante de la posición femenina definida por Freud, para los hombres y mujeres. El hombre sólo podía ser un potentado y la mujer una boluda, sino la sexualidad no cumplía con su meta de goce. A lo sumo podía invertirse las posiciones. Además, ese extremismo no correspondía a la realidad concreta, para nadie, aunque superficialmente se asemeja y armoniza con el enfoque macho. Algo no se tomaba en cuenta: es lo que ocurre generalmente cuando la norma parece indisociable de la realidad.
A esa confusión, Lacan contestará en dos tiempos. Toma en serio, como siempre las conclusiones de Freud. Subraya primero que los objetivos fálicos son irrealizables pues chocan con la "roca de la castración". La mujer no puede renunciar en adueñarse de "la pequeña parte que puede ser separada del cuerpo". El hombre sólo concibe el sometimiento o la dependencia en términos de masoquismo. Sin embargo, no hay otra cosa: el inconsciente no va más allá de la fase fálica. Seguimos siendo incurablemente infantiles. La realización genital es un sueño que no puede sostenerse en ninguna inscripción inconsciente. Por eso el acto sexual mismo es posible sólo mediante un conjunto de artificios complejos, de circunstancias favorables y malentendidos obligados. Todos sabemos que rara vez trae la integralidad de lo que uno creía con derecho de esperar y aún
en ese caso, fracasa para fundar una vida común duradera.
La omnipresencia de la sexualidad en la vida psíquica se acompaña de un fracaso inevitable del cumplimiento sexual.

La función fálica y el más allá

La relación con esta falta estructural produce posiciones sexuales diferenciadas: el hombre quiere tener el falo, la mujer quiere serlo. Femineidad o masculinidad son actitudes psíquicas ligadas a la historia del sujeto, al lugar asignado por los padres y hermanos, y a la manera con qué reacciona. Según las circunstancias, cada uno podrá situarse más o menos exclusivamente del lado hombre o del lado mujer ("bisexualidad"). Estas posiciones no corresponden necesariamente al destino anatómico, pero, sin embargo, es necesario que cada uno acepte lo real del cuerpo, de los cuerpos. Femineidad y virilidad son organizaciones diferentes del deseo, de su inicio, de su instalación, de las posibilidades y formas de satisfacción. Cada una de estas organizaciones comanda la vida sexual, intelectual y afectiva, la relación con uno mismo y con el otro, de una manera bien precisa. Hay un solo referente sexual pero hay dos tipos de sexualidad "adulta", ambos están marcados por la castración, no del mismo modo.
Estos dos tipos de sexualidad ampliada no se comunican. El hombre no entiende a la mujer, le resulta imposible "colocarse en su lugar" sin perder su virilidad. La mujer, por su lado, no puede admitir que el portador del falo que la honra con su deseo sea susceptible de castración, sin perder su posición de mujer, en seguida sustituida por un funcionamiento materno. El deseo surge entre ambos, no por ser macho y hembra, sino en la medida en que cada uno encuentre en el otro signos exteriores de sus fantasmas inconscientes. El encuentro sexual se realiza bajo el auspicio de esos signos exteriores de femineidad o virilidad - de lo deseable-, culturalmente determinados antes de serlo singularmente, en término de "lo semejante". "No hay relación sexual" quiere decir que la sexualidad no es una relación. El hombre y la mujer no son complementarios. Entre ambos no hay correspondencia, no puede ser sencillo. Sólo hay encuentros felices o desgraciados, conseguidos o evitados, mantenidos con el precio de artificios complicados y sin embargo vitales. Los vínculos que se perpetúan no dependen de una sexualidad "adulta"; se apoyan en última instancia sobre escenarios infantiles de ambos.
Otra cuestión dejada en suspenso por Freud y retomada por Lacan se formulaba así: ¿qué quiere la mujer? Freud precisaba aún que "la investigación psicológica no permite contestar a esta pregunta". Lacan la retoma a partir de la función fálica y emite la siguiente hipótesis: si la virilidad y femineidad se definen solamente desde el interior de la problemática fálica (tener o ser), algo en ser mujer escapa a esta alternativa. Está tomada por la función fálica de otra manera que el hombre, pero no totalmente. Este otro espacio, sin embargo, no se coloca bajo el signo del renunciamiento cuyos beneficios secundarios conocemos, sino del goce indecible, más allá o más acá del sexo y de la palabra. Lacan encuentra un ejemplo con los místicos, Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Hadewijch de Amberes.
No sé en qué consiste ese goce "suplementario" "que no reemplaza el fracaso sexual"; no es pues una sublimación del goce fálico, como se afirmó demasiado. Este goce "fuera del cuerpo" coloca a la posición femenina en contacto, o más en contacto, con lo real.

La relaciona con el lugar de Dios, habitado o no, con el lugar donde nada responde proveniente del Otro.
Sé que este lugar, deducido con un razonamiento lógico a partir de una observación precisa, provoca inmediatamente una suerte de convicción, al colocar cada uno(a) en seguida algo de su convicción personal. Los temas de pensamiento propuestos por Lacan, tan enigmáticos como parecen en su inicio, responden siempre a realidades clínicamente localizables, realidades que pueden identificarse más adelante. Son conceptos.
Algunos asimilan ese goce distinto con el goce pulsional, puro efecto del uso de los sentidos, infantil como son los recuerdos recuperados de Proust. Algunos creyeron reconocer en eso el goce homosexual femenino (probablemente, no es lo que Lacan quería decir). Otros lo relacionan con la tendencia femenina hacia el amor en todas sus formas, entrega a Otro que se ubicaría donde nada se ubica, por ejemplo el amor del saber, mientras que la posición sexual masculina se inclina hacia el deseo, la acción y el dominio. En consecuencia, el hombre no podría acceder a otros tipos de goce, lo cual no quiere decir que no se produzcan en él.
De todos modos, el goce distinto es contemporáneo de una noción muy difundida hoy en día y parece responder a la realidad actual: el "no del todo". No puede escribirse "la mujer" dice Lacan en 1973, pues no existe el LA, ella no es "del todo". Hoy, a pesar de las pretensiones globalistas, ya nada es del todo. Es evidente que ningún principio unitario puede abarcar algún conjunto. Hasta las estructuras de poder parecen adoptar el no del todo como principio organizador. Si bien el no del todo nos ayuda a percibir la realidad externa y a ajustar nuestros objetivos y acciones, no pasa lo mismo con nuestra realidad interna que sufre de pánico. ¿A menos que ese extravío sea el preludio de un nuevo orden sexual?.

 

Bibliografía

Sigmund Freud. Trois essais sur la théorie de la sexualité, Points NRF.
Sigmund Freud. "La féminité" en Nouvelles Conférences, Gallimard.
J. Lacan (1966). "Fonction et champ de la parole et du langage", en Ecrits, Seuil.
J. Lacan. Séminaire, La relation d´objet.
J. Lacan. Séminaire, Encore, Seuil.
C. Soler (mars 2003). Ce que Lacan disait des femmes, Editions du Champ lacanien.
J.C. Milner. "Les pouvoirs: d´un modèle à l´autre" en Elucidation n° 6-7, Navarin.