foros
 

 

El recorte en el cuerpo

Andrée Lehmann
con la colaboración de Daniéle Lévy

Lo real es lo imposible.
Lo imposible, es lo que no cesa de escribirse
Lacan
(1)

         El recorte en el cuerpo confronta al que lo sufre con la mirada sobre su propio cuerpo y con los efectos de esta confrontación. Las reacciones, a veces espectaculares, a veces silenciosas, atestiguan de la intensidad de esos efectos.
         El otro, los otros, testigos de la situación perciben a su vez esas manifestaciones de desesperación. En el caso que examinaremos aquí nos referiremos especialmente al equipo de atención clínica. Cualesquiera sean sus estados de ánimo, que entiendan o no las reacciones de su paciente, deben cumplir con su tarea de cuidadores y de humanos. Desde ya las reacciones de los pacientes tienen sus repercusiones conscientes e inconscientes en las modalidades de ese trabajo, porque justamente se trata de “hacerse cargo” del paciente       .
         Aquí trataré de una situación crítica provocada por una reacción espectacular que movilizó intensamente la atención y la emoción de los cuidadores, al punto que se percibía un sentimiento de exceso. Los cuidadores –incluido el analista- se veían precipitados en forma prolongada en plena confusión.
         En otros casos el efecto sobre los cuidadores queda como latente, aunque está presente y actúa de modo menos evidente. A veces, se trata de manifestaciones somáticas acaecidas en los cuidadores mismos o en sus hijos provocadas por sus propias reacciones.
         De esta situación de crisis se desprenden algunas constantes que trataré de especificar con el análisis de este caso. Este análisis fue posible por la intervención conjunta del analista y del equipo de cuidadores, seguida por un trabajo psicoterapéutico.

         Una situación crítica
         Se trata de una pacienta muy agitada después de una intervención quirúrgica mutilante. Al ver el vendaje explota y agrede a los cuidadores, reprochándoles la deficiencia de los cuidados y la poca atención con ella. Termina por afirmar que se encuentra en un campo de concentración y que los cuidadores son torturadores. Considera a su cuarto y a todo el servicio como un campo de concentración.
         Nada la calma, ni los razonamientos ni las muestras de simpatía. Rechaza todo contacto   grita apenas tratan de acercarse a ella. El equipo se ve totalmente desorientado, trabado en la atención de los demás pacientes. La situación aparece terriblemente trágica, pesada e inabordable.
         Frente a la vehemencia de su pacienta, el equipo se plantea si se trata de un brote delirante. Se cuestiona cómo pudo producirse esta situación y qué grado de responsabilidad puede tener en ella. En este contexto me solicitan de ir a verla.
 
         Primeros encuentros
         La encuentro con ese estado de angustia y me veo en un primer momento totalmente paralizada como los demás cuidadores. Su mirada es asesina. Más adelante al comprobar los efectos de su actitud sobre el equipo, traté de recuperarme de este shock. Me doy cuenta que por su edad no pudo verse involucrada personalmente en los acontecimientos evocados que ella describe como si estuviera allí.
         Poco después se me ocurre preguntarle cómo le aparecieron esas ideas. Enseguida se calma un poco y se pone a contarme su historia familiar.
         Sus padres se conocieron en Alemania después de haber salido de un campo de concentración. De esta unión nació un varón mientras la pareja estaba aún en Alemania. Muy pronto ese varón muestra ser un discapacitado físico y mental para siempre.
         La familia deja Alemania y se instala en Israel. Allí se considera a la discapacidad relacionada con la experiencia concentracionaria de los padres y la familia recibe en consecuencia una pensión.
         Nuestra pacienta, que llamaré Señora X o sólo X, nace algunos años después. En el momento de su enfermedad vive en Francia donde se casa y tiene hijos. Sus padres, por su enfermedad vinieron de Israel y trajeron al hermano.
         Empieza entonces un relato largo, confuso sobre ese hermano, a la vez temido y compadecido. Expresa su gran inquietud por verlo en París, que pueda escapar de la vigilancia de sus padres y  meterse en peligros. En vísperas
de su intervención quirúrgica sus padres le contaron que el hermano salía  en París a comprar cigarrillos, viajar en subte y arreglarse solo.
         Después de cuatro sesiones en el hospital, la seguiré viendo afuera. Hablaba todo el tiempo de su hermano. En su infancia sólo se aludía evasivamente a las circunstancias relacionadas con la discapacitdad del hermano. Ella captaba algunas palabras que se escapaban de la boca de los adultos, sin entenderlas del todo. Lo que sí había comprendido instintivamente que no debía plantear algunas preguntas ni expresar algunas palabras.
         El aspecto físico de su hermano le provocaba un sentimiento de extrañeza mezclado con curiosidad. Atraía su mirada al mismo tiempo que lo espantaba.
         Recién en el colegio secundario, en ocasión de un curso de historia sobre la segunda guerra mundial y la Shoah, comprendió el sentido de las palabras prohibidas y al mismo tiempo la historia de sus padres. Precisa que hasta ese momento no sabía nada.
         El anuncio de su alta del hospital la lleva de vuelta a su enfermedad y a sus inquietudes por la idea de reencontrarse en su casa con su propia imagen, su marido y sus hijos.
         Seguirá viéndome durante muchos meses y se establecerá un trabajo psicoterapéutico. Ese trabajo me permite  profundizar el análisis de este caso y plantearme algunas cuestiones más generales sobre los efectos psíquicos del recorte en el cuerpo y sobre el estatuto del cuerpo en tales situaciones.
         Durante la internación sus palabras quedan envueltas en cierta confusión que cede al avisarle su alta. Reaparecen algunos momentos de confusión en el transcurso de su psicoterapia, especialmente cuando habla de su hermano, lo que obligaba a aumentar la frecuencia de las sesiones.

         ¿Qué ocurre durante la crisis?
         ¿Porqué me habla solamente de su hermano, a pesar de haber sufrido una operación mutilante y se queja intensamente de los cuidadores? Sin embargo, la crisis se desencadena al visualizar el vendaje. Durante la internación en ningún momento ella me hablará del vendaje, ni de la atención, ni de la enfermedad. Escucho sin interrumpir ese flujo de palabras, aceptando no entender, sin intentar ordenarlas y resistiendo a la tentación de llevarla a la realidad presente.
         Durante una de las primeras sesiones formulo la hipótesis que sentimientos ambivalentes, existentes desde siempre, fueron reactualizados

con la combinación de dos hechos: la llegada de la familia a París y la visualización del vendaje. La invadieron estos sentimientos mezclados y produjeron las manifestaciones espectaculares de la crisis.
         El vendaje representa el recorte en el cuerpo y la amenaza de muerte inherente a la enfermedad. Al ver el vendaje saltó un candado que no dejaba ver lo real que merodeaba desde siempre; sobre todo porque ninguna palabra podía evocarlo. Igual se podía percibir esa presencia sorda de lo real bajo la forma de manifestaciones consideradas como “caracteropáticas”.
         ¿Qué relaciona al hermano con la visualización de ese vendaje? En un primer momento pensé que su cuerpo también estaba recortado ya que era discapacitado.

         El lugar de la Señora X en la familia
         Para los padres la discapacidad del hijo es la evocación de una experiencia imposible de expresar con palabras para todos y para la pareja. Es como la huella impresa sobre el cuerpo de su niño del propio encuentro de ellos con el horror y de haber sido capturados por ese horror.
         La experiencia intransmisible de los padres resulta como un sobreagregado a la pacienta, por el intermediario del daño corporal y psíquico del cual ella es víctima. Ese daño la remite a la discapacidad del hermano como huella de la experiencia de ambos padres y también de su propio trastorno relacionado con su hermano. Este provocaba en ella atracción, repugnancia y sentimiento de extrañeza. El hermano podía pasar inmediatamente de demostraciones de afecto a una actitud amenazante, sin que se percibiera el motivo. Tales comportamientos eran atribuidos a su discapacidad, lo que obligaba a la hermana a soportarlos sin plantearse preguntas.
         ¿Pero porqué el hermano ocupa el primer plano, si es ella la que está en una situación difícil?
         X se había formado a partir de la historia de los padres, cuyo aspecto mortífero, nunca revelado, era siempre sugerido. El hermano era la huella viva y queda como objeto de los padres. Encarnaba esa historia al mismo tiempo que focalizaba sobre él sentimientos mezclados donde no estaban ausentes emociones sexuales. Más tarde, en el transcurso de la psicoterapia ella dirá que existía en esa relación “algo de enfermizo”. Por lo tanto el hermano se había constituido para ella en un objeto que focalizaba las pulsiones, objeto del deseo.         
         Pero, al llegar a París, el hermano se muestra muy distinto a lo que creía
. Se produce una inversión de la situación. Ahora ella, X, se transforma en objeto, víctima amenazada como lo fueron los padres. Esto es lo que escenifica con la crisis. El cuerpo de ella se ha transformado en objeto. El sujeto y el objeto se imbrican uno con otro. Ya no se pueden diferenciar, origen del estado de confusión.
         No se evocan la enfermedad y la mutilación durante las primeras sesiones. A pesar de que seguramente son el origen de los trastornos. X sólo volverá a ser ella misma a través de otros temores. Cuando vuelve a su casa, cambiada, recortada dentro del marco de su vida personal donde estaba ausente su hermano

         Los períodos del trabajo
         En un primer período la enfermedad y la mutilación, dadas las circunstancias, provocaron en la Señora X la siguiente reacción: al ser excluida como sujeto de deseo tanto por la enfermedad como por el regreso imprevisto del hermano, se ve propulsada en una fascinación del objeto provocado por el actuar. Sólo cuando sale de esa fascinación podrá acceder a los problemas relacionados con su enfermedad y sus implicancias.
         A costa de repeticiones, inevitables para enfocar el caso bajo varios ángulos distintos, recapitulemos primero los períodos del trabajo y sus relaciones con los acontecimientos.
         -Antes de la operación se entera de los cambios aparecidos en su hermano y empieza a inquietarse “por él”.
         -La visualización del vendaje en el hospital donde la atienden provoca en ella cierta confusión que se traduce con reacciones violentas que desembocan en una crisis. Este desencadenamiento instantáneo puede relacionarse con los comportamientos imprevisibles del hermano y quizás con un modo habitual de reacciones en esta familia.
         - Mi intervención: “¿de dónde le vienen todos estos pensamientos?” la ayuda a salir un poco de esa confusión, como la salida de una pesadilla.
         - Entonces cuenta la historia de los padres y pasa sin transición al hermano quien monopoliza su atención. Los cambios presentes en éste no la alegran sino que le provocan inquietud.
         - Desde entonces ya no habla del campo de concentración. Pero en su discurso sujeto y objeto se vuelven indistinguibles. Ahora los cambios aparecidos en el hermano hacen que ya no se lo pueda considerar como un “discapacitado”. Se desplaza sin dificultad y hasta consigue hacerse entender, a pesar de que no domina el francés. Ahora es ella quien, debido a su enfermedad, se encuentra en el lugar de “discapacitada”, impulsada a enfrentar sola la nueva situación.

Evoca esta situación de modo metonímico en relación al hermano que se coloca en su lugar.

  1. Mi intervención produce el efecto de calmar su relación con los cuidadores y de desencadenar en ella un movimiento de palabra. Pero estas palabras tienen un solo objeto, el objeto hermano, sobre el cual concentra todas sus inquietudes. No hablará de eso a los cuidadores, de la misma manera que no contará su historia. Ese movimiento de palabra tiene una sola dirección, la del analista.
  2. Al hablar sin orden y de manera asociativa en ese período, introduce una confusión entre sus interlocutores. Confusión con el tiempo y el espacio de las personas; resulta difícil diferenciar de quien habla, si de ella, de su hermano o de alguno de sus padres.

-   El aviso de su externación del hospital la enfrenta con los problemas de su propia vida. La instauración previa de un lugar de palabra posiblemente esté relacionada con esa vuelta a su situación personal y a los numerosos problemas asociados, problemas cargados con remociones subjetivas.
                   Este trabajo proseguirá después de la externación. Esta vez a partir del recorte en su propio cuerpo reconocido por ella misma. Sus dificultades con el cáncer es lo más doloroso para ella, pero también su vida actual y su lugar en la familia. Tiene que asumir la historia familiar para encontrar su lugar como sujeto, frente al horror vivido por los padres y silenciado, también frente a su hermano sobre quien se colocaban las angustias y fantasmas de unos y otros.
                   De manera particular su carácter mejora. Ella misma se consideraba como una carácterópata, con sus cambios bruscos de ánimo y sus manifestaciones de agresividad que expresaban la violencia sufrida por su familia. Hasta ese momento había vivido sólo en medio de esa violencia familiar, siempre en referencia a esa violencia que invadía todos los aspectos de su vida. Aunque con dificultades el trabajo hará cesar ese sometimiento: ya no tendrá necesidad de esa violencia y podrá reconstruir su vida.

                   Efectos sobre los cuidadores
                   El estado de confusión de la Señora X repercutía directamente sobre los cuidadores, a pesar de estar acostumbrados a la nerviosidad de los pacientes y hasta a sus agresiones. Los cuidadores, ante todo cuidadoras, se quejaban de sus agresiones verbales y no entendían para nada las alusiones al campo de concentración, lo que las escandalizaban. Al mismo tiempo estaban atrapadas por la escena,
sin posiblidad de retroceso para plantearse lo que le pasaba a su pacienta. No podían ni desprenderse ni ocuparse de ella. Su desconcierto repercutía en su cuerpo. Se multiplicaban los malestares físicos, cefaleas, dolores gástricos. Sus tareas estaban desorganizadas y lo lamentaban. La señora X se había transformado para ellas en un verdadero objeto fóbico, no podían aguantarla.
                   Una verdadera situación transferencial.
         Cuando empecé a ver a la Señora X intenté de hablarles, pero no querían ni podían entender nada. Sólo a medida que mejoraba su estado, de a poco pude hablar con algunas, en forma individual, nunca en reunión de equipo.
                   En realidad lo que se transfería y engendraba la desorganización era el estado de confusión de la Señora X. Además esta confusión se manifestaba en la pacienta con violencia, esa violencia familiar donde estuvo siempre atrapada y que esta vez se dirigía a los cuidadores. De tal manera, tomados entre confusión y violencia resultaban desorientados.

                   Efectos del recorte en el cuerpo
                   La ruptura en el cuerpo provoca un trastorno intenso. Fracasan los reparos habituales, pues como dice Freud “el yo es principalmente corporal” (2). El sujeto se ve como perdido. Siente que su cuerpo lo traicionó. Su cuerpo “ya no es su amigo” como dice Kertesz (3). El cuerpo se vuelve otro incontrolable. El sujeto ya no lo domina y no lo reconoce.
                   Ese malestar lleva invariablemente a una vuelta sobre la historia personal. Se reconstruye o se evoca algunas partes de la historia, a veces revivenciadas a través de una escenificación. Los pacientes vuelven una y otra vez de manera obsesiva sobre un pasado que se confunde con el presente. El interlocutor se ve desorientado.
         Esa vuelta sobre sí mismo es a la vez una manera de darle algún significado a lo que sucede y al mismo tiempo una búsqueda más o menos consciente de religar su existencia a algo que no se escapará.
                   Las partes de la historia que vuelven son las que no pudieron ser elaboradas y no fueron bien asumidas. Pulsiones arcaicas invaden la vida psíquica y relacional.

                   De alguna manera la historia se pone a tono con el cuerpo. Todo suena falso, como un instrumento con la tabla de armonía rota.; el sonido se vuelve insoportable. En tales situaciones el malestar repercute directamente en los cuerpos: afecciones diversas, nerviosidad, nauseas, angustia, a veces accidentes.
                   Es importante, para el analista, no ceder a ese malestar. Al mismo tiempo que se da cuenta del malestar del paciente, es necesario que no se concentre en los contenidos. Su posición de analista significa que debe prestar atención a la secuencia, al tempo del discurso y a las características de a quien se dirige, para poder intervenir en el momento adecuado. Si dejamos al paciente la posibilidad de desplegar su discurso, surgirá algo susceptible de producir un corte que debería ser captado por el analista y devuelto de tal modo que el paciente pueda atraparlo a su vez. Este “algo” es un significante legible en la transferencia. No se trata de devolver el significante del fantasma tal como se lo comprendió, sino de actuar en función de lo que uno percibió de la situación transferencial.
                   Este modo de escucha y de intervención vale también en la relación con los cuidadores. El analista debe ubicarse con respecto al lugar que cada uno ocupa, de manera de favorecer para cada uno la posibilidad de un posicionamiento personal. Solamente en este caso podrán evitar dejarse arrastrar por el malestar del paciente y encontrarán la manera de ayudarlo a dejarse curar y atravesar esos momentos difíciles.
                   La visualización del vendaje desencadenó en la Señora X la angustia y violencia que descolocaron a los cuidadores. El vendaje enmascara y revela a la vez. Su revelación produce el surgimiento de la pulsión escópica organizada alrededor del hermano. La explosión es el resultado del encuentro de estos dos puntos críticos, que se anudan debido a la colusión entre muerte y angustia de castración, como apuesta al goce.

                   La visualización del vendaje

         La visualización del vendaje nunca resulta ser un momento anodino. Es esperado y temido al mismo tiempo. El paciente siente que ya no es el mismo después de este descubrimiento que actúa como una revelación.
                   Lo mismo pasa con la cicatriz que marca otra etapa en la toma de consciencia de la enfermedad.
                   ¿Porqué las consecuencias de este descubrimiento asumen en la Señora X las características ya descritas? Por un lado una identificación masiva y actuada con los padres, por otro, en cuanto se formaliza la posibilidad de la palabra, una concentración de las angustias sobre la situación del hermano.
                   En la víspera de la intervención la Señora X fue informada del cambio total en el comportamiento del hermano. Esta noticia desencadena en ella una intensa emoción que se presenta como inquietud en cuanto al porvenir de su hermano. La visualización del vendaje volvió a cuestionar la realidad de la enfermedad. Las dos fuentes de angustia se fusionaron en una sola cuyo destinatario es el hermano.
                   Siempre fue extraña su relación con el hermano. Su transformación multiplica esta extrañeza, como en el cuento de Hoffmann donde, en un ambiente de muerte, un mismo personaje aparece alternativamente como una muñeca mecánica, el cascanueces, y como un ser susceptible de volverse animado y amenazador.
                   El personaje del hermano siempre fue para X un carácter unheimlich, a la vez inquietante, extraño y familiar. Es un personaje doble: por un lado es la huella real de lo indecible vivido por los padres, y por otro representa la relación establecida entre los dos niños, tanto más intensa que los padres se aislaban en cierto silencio. Por culpa de este muro de silencio la Señora X sólo pudo estructurar su libido en relación con su hermano. El hermano extraño focalizó las pulsiones arcaicas con un modo que incluía cierta perversión.
         Por eso la visualización del vendaje la devuelve directa y exclusivamente a su hermano. Su cambio de comportamiento, del cual ya había tenido cierta experiencia en su infancia, actúa como si se revelara en él un aspecto perverso. Este aspecto perverso es el que siempre engendraba una atmósfera turbia. Esta confusión predominaba cada vez que se trataba de desprender algo lógico de aquella situación.
                   En ese aspecto perverso convergen el cáncer, la historia familiar y la manera en la cual queda atrapada X, y el personaje del hermano, lugar de pulsiones libidinales no reprimidas, apenas censuradas, que surgen abiertamente. Hasta su psicoterapia la Señora X sólo podía elegir entre la ambigüedad de su vínculo con su hermano o la violencia relacionada con la historia oculta de los padres. Sus crisis “caracteropáticas” provenían de esa violencia y también como reacción a esa alternativa alienante. La psicoterapia le permitirá reconstruir su vida psíquica y encontrar nuevas formas de relacionarse.

                  Los episodios confusionales

                No son raras crisis de este tipo, pero rara vez adquieren tal intensidad. Uno siempre se plantea: ¿se trata de un deliro o de un episodio confusional pasajero vinculado con una situación especialmente penosa y compleja? Esta pregunta es tanto más delicada cuando el episodio se produce en un medio hospitalario donde todos los participantes se ven más o menos afectados, teniendo en cuenta que a veces son sus gestos o sus palabras las que desencadenan reaccionan inmanejables.
                   ¿Porqué la agitación de la Señora X cedió a partir de la primera entrevista? Durante las primeras entrevistas en el hospital hablaba sin parar, de manera incoherente y con vehemencia, pero por otro lado, su comportamiento con los cuidadores se apaciguó rápidamente. A posteriori me interrogué sobre esa actitud. Parecía en pleno delirio durante las entrevistas, pero el resto del tiempo se veía coherente. Ya no hablaba sin ton ni son y no se oponía a los cuidados. Por cierto, la angustia no había desaparecido, pero parecía poder manejarla, como si me dedicara a mí el rostro oculto de ella misma.
                   Durante las dos últimas entrevistas en el hospital su discurso era más pausado, menos deshilvanado. Ya no hablaba de un solo tirón, sino que a veces buscaba la palabra adecuada. De manera que el aviso de la externación (que le recordaba la existencia de un otro lugar) significó un corte. Aparecía  otra realidad, la de la vida diaria con su marido, hijos y el cáncer.
                   Las entrevistas con el analista conforman un tercer lugar donde los pacientes pueden hablar a alguien que los escucha. Pueden desplegar en ese lugar su historia y sus fantasmas, con la expectativa de ser escuchados, aun si su discurso puede presentar un tono agresivo, desesperado, deshilvanado, en consonancia con reivindicaciones, manifestaciones de impaciencia y de cólera.
                   Por otro lado, el analista no interviene sobre el cuerpo, aunque no ignora los síntomas ni la enfermedad. Desde esta posición externa puede entender lo que sucede en la vida psíquica del sujeto metido en la situación de enfermo.
                   La situación del enfermo provoca ineludiblemente conmociones y angustias. Anudamientos irracionales se forman
espontáneamente entre las dificultades anteriores a la enfermedad y aquéllas que surgen por la aparición del cáncer. Los pacientes son arrastrados por fantasmas y situaciones imaginarias más o menos mortíferas.
                   El encuadramiento y la escucha propuestos por el analista permiten diferenciar el estado del cuerpo y la vida de relación. Las angustias y las pulsiones arcaicas se focalizan donde son aceptadas y pueden ser movilizadas. Los pacientes captan que durante la enfermedad la vida psíquica continúa.

                  Conclusiones en relación con el cuerpo

                   El cáncer y sus tratamientos evocan el deterioro físico y psíquico. Es el caso de la Señora X. Pero sus reacciones se pueden explicar sólo con su historia, relacionada con la de los padres y trastornada por la visión de la discapacidad del hermano. Cuando aparece la amenaza sobre su propio cuerpo, surge la imagen del hermano, con sus connotaciones mortíferas y fantasmáticas, y también la inminencia del acto que lo caracteriza.
                   Por el hecho de no manejar ya su cuerpo y sentirlo como amenazador hunde a los pacientes en una situación de abandono, Hilflosigkeit; lo expresan como que “el suelo se hunde bajo sus pies”. Una de las bases de su existencia se escapa. Entonces ocurre lo siguiente: las problemáticas insuficientemente elaboradas y los fantasmas arcaicos ya no pueden disociarse de la vivencia corporal.
                   Por eso los pacientes necesitan urgentemente restablecer el vínculo entre ese cuerpo enfermo y la manera de cómo se estructuró su deseo, lo que implica un trabajo psíquico. Las reacciones del paciente pueden entenderse como el esbozo de ese trabajo. De acuerdo a cómo las reciben su entorno y también según la estructuración original del deseo, el trabajo psíquico podrá llevar a una reorganización o terminar en una especie de censura más o menos duradera.
                   En consecuencia, es importante darle al paciente la posibilidad de recurrir nuevamente al analista para retomar las cuestiones aparecidas en ese primer recorrido.
        
                   Conclusiones relacionadas con el silencio y lo real

                   El silencio de los padres fue nodal en la historia de la Señora X. Al consolidar el silencio sobre ese episodio anterior de su existencia, creían proteger a su hija, permitirle vivir sin tener que soportar aquel peso… Pero las huellas de esas vivencias se transparentaban en lo cotidiano y su hijo representaba ese recuerdo vivo.
                   Escaparon a la destrucción pero sobrellevan lo mortífero al cual fueron enfrentados. No se borra nunca haber sido el objeto de una voluntad de exterminación.
                   La Señora X trata de escapar a ese real construyendo una vida en otra parte. Pero reaparece cuando no puede sostener esas construcciones al surgir la enfermedad como otro imposible para pensar. Entonces se impone lo real del pasado como lo revela la crisis.
                   Las primeras entrevistas permiten comprender cómo X queda atrapada por lo pulsional. Muestra una mezcla de goce y de impotencia que se apodera de la mirada, paraliza y fascina al arrastrar al otro en su propia fascinación.
                   Un goce se impone como originado desde otro lugar. Ese goce desvinculado, sin límite, indefinidamente reiterado, se apodera de la mirada del otro que no consigue desprenderse.
                   Goce y sexualidad son indisociables. Cuando la sexualidad no puede ubicarse en el deseo, se aloja en pulsiones parciales, que adquieren formas de perversión. El goce perverso se impone incondicionalmente, por fuera de la vida de la persona y sin limitaciones con las prohibiciones: es lo que se llama el clivaje.
                   La perversión congela el pensamiento e impide todo trabajo de elaboración. X había conseguido mantener alejado el lugar de perversión entre ella y su hermano, pero vuelve cuando la enfermedad incorpora al cuerpo lo mortífero que hasta entonces andaba merodeando alrededor de ella. El hermano encarnaba lo imposible de la vida, pero empieza a “arreglarse solo”, en el momento en que ella se encuentra como objeto sometido a los malos tratos del Otro. Como sus padres. Quedará durante mucho tiempo atrapada por esa situación de extrañeza en su discurso y su manera de actuar.
                   Durante su internación X vuelve a sus pulsiones parciales y sus escenarios infantiles: es el camino abierto para las pulsiones de vida que no quedan atrapadas en lo mortífero. En cuanto se da una posibilidad de espacio para la palabra, ese espacio lo ocupa la figura del hermano: se esfuerza en desprender lo sexual de lo mortífero, empezando por el lugar donde estaban sus investimientos de objeto.
                   Lo real masivo surgido en lo cotidiano deshizo ese
anudamiento primitivo: Imaginario y Real se desencadenaron juntos simulando un delirio. La intervención del analista tuvo como primer efecto llevar a X a construir lo Imaginario separado de lo Simbólico y lo Real (4) en un lugar distinto de donde se habían anudado.

Quedaba por reanudar lo Imaginario a lo Simbólico. El trabajo de la terapia permitió, con bastantes dificultades, que se concrete ese nuevo anudamiento.

 

Referencias 

(1) J. Lacan, Enncore, mars 1973. Ed. Seuil. Paris. P.120
(2) S. Freud, “Le moi et le ça”. Chapitre 2. Essais de psychanalyse. Payot 1966. Paris
(3) J. Kertesz, Etre sans destin. Actes Sud. 1998. p.228
(4) Sol Rabinovitch, La folie du transfert, Ed. Erès 2005, Cap. VII