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"Psicoanálisis y Guerra"

Samuel Arbiser

Buenos Aires. Mayo 2003. Mesa redonda La guerra y el psicoanálisis.

Para abordar el tema de la guerra desde el psicoanálisis se hace ineludible hacer referencia al intercambio epistolar entre Freud y Einstein de 1932, conocido en la literatura analítica como Porqué la Guerra y en alemán Warum Krieg (Freud, 1932). Más precisamente, este artículo fue escrito en Septiembre en respuesta a una carta del 30 de Julio del eminente físico, en la cual le pide opinión a Freud como estudioso y conocedor de la vida pulsional humana, acerca de cómo evitar los "estragos de la guerra". La Liga de las Naciones, a su vez, había solicitado a Einstein que eligiera un interlocutor para dirimir esta cuestión, que se había convertido, en ese entonces, en una acusiante urgencia.

Por lo tanto, no es ocioso señalar las particularidades de esa época. Se trataba, ni más ni menos, que del convulsivo período de la entreguerra en Europa. Se vivía todavía bajo la impresión de las secuelas de la Gran Guerra y se presagiaba, no sin fundamentos, la inminencia de una próxima. La gran guerra había mostrado, en función del desarrollo tecnológico y científico, su aterrorizante potencialidad destructiva, hasta ese momento desconocida en tal dimensión. Se intuía, con razón, que la paz obtenida por el Pacto de Versalles no ofrecía ninguna garantía duradera. Mientras que en la Unión Soviética ya se había instalado la despótica y sanguinaria dictadura de Stalin, en Alemania y el mundo germánico se perfilaba la figura amenazante y funesta de Adolfo Hitler, quien asume la Cancillería el 30 de Enero de 1933, apenas tres meses después de este escrito. Ya estaban aprontándose las piezas claves en el tétrico tablero mundial que se avecinaba. La utopía de Imanuel Kant se desvanece ante la desesperada impotencia, cada vez más notable, de la Liga o Sociedad de las Naciones. Este filosofo del "idealismo alemán" había sugerido en la "La paz eterna" (1795) que una Federación de pueblos evitaría en forma permanente las guerra.

Entrando de lleno al mencionado artículo de Freud, se podría decir que éste acepta el reto de Einstein con bastante prudencia. Reconoce de antemano el límite de su contribución cuando declara que el tema lo sobrepasa, que se trata de cuestiones "prácticas" que son "resorte de los estadistas". Y desde esa postura más modesta aporta lo esencial de lo que el psicoanálisis descubrió acerca de la mente y, porqué no, de la naturaleza humana.

En el intento de trasmitir en esta charla lo esencial de su pensamiento, se podrían extraer tres tópicos definidos, dejando a salvo que se trata de una síntesis personal y que otros podrían ordenar la exposición de otra manera:

1) La génesis del "derecho" a partir de la violencia original, como proceso evolutivo.
2) Una puesta al día de la teoría pulsional. En mi opinión, acá se desmitifican las posturas idílicas acerca de la idealizada naturaleza humana.
3) La relación dialéctica entre la vida pulsional y la evolución cultural.

Respecto del primer punto, responde a Einstein en su planteo acerca de la oposición entre el poder y el derecho que él reformula en términos de oposición entre violencia y derecho. De esta forma traza su conocida hipótesis de un desarrollo evolutivo, imaginando la vida comunitaria (la horda primitiva) en los albores de la humanidad, envuelta en las reglas elementales de la violencia que ejerce la fuerza bruta del padre primordial, tal cual lo había postulado, en forma más extensa y pormenorizada veinte años antes, en su magnífico libro Tótem y Tabú (Freud, 1912/3) influenciado fuertemente por Darwin y Atkinson, según el mismo lo declarara. También es conocido que el padre primordial es finalmente vencido y asesinado por la alianza fraterna, y que el parricidio (mítico), con el consecuente "banquete totémico" dará origen la religión, a la moral y a la sociedad. Se trataría de trasladar, en este trascendental movimiento, el poder del más "fuerte" único a la unión de los "débiles", es decir a una fuerza superior basada en el número, es decir, en una unidad mayor. Para que esta unión de los débiles sea efectiva debe ser duradera, de lo cual surgirían la "organización" y las leyes que la sustentarían. Sobre esta base del "interés común" se insertan luego las ligaduras de sentimiento entre los hombres (la identificación). Pero esta organización basada en el derecho no es una meta estática, inalterable y sin retorno. En el propio seno de la organización alcanzada se reproducen las desigualdades e imperfecciones, que en escala, actualizan la situación primordial y que, por consiguiente, imponen una dinámica permanente en pos de nuevos equilibrios prospectivos y regresivos. En este contexto la recurrencia de la guerra no es ajena. Pero lo interesante de este punto es que Freud se apoya en esta argumentación para justificar las "guerras civilizadoras". Temática nada despreciable para una reflexión desapasionada de la realidad mundial actual, en la perplejidad de este 2003. Volviendo a nuestro autor, concluye, sin mucha convicción que, como solución y prevención de las guerras, se debería proveer "la institución de una violencia central encargada de entender en todos los conflictos de intereses" (pag. 191). Otra solución que revisa críticamente es la propuesta de invocar a determinadas actitudes ideales en las cuales se sustente la identificación y la cohesión resultante de tal identificación. Toma en ese sentido el antecedente de la "idea panhelénica" y la compara con la utopía bolchevique, que valdría la pena citar textualmente, ahora que ya contamos con la perspectiva de 70 años después; perspectiva con la que él no contaba en 1932: "Ciertas personas predicen que sólo el triunfo universal de la mentalidad bolchevique podrá poner fin a las guerras, pero en todo caso estamos hoy muy lejos de la meta y quizás se lo conseguiría sólo tras unas espantosas guerras" (pag. 192) Luego: "También los bolcheviques esperan hacer desaparecer la agresión entre los hombres asegurándoles la satisfacción de su necesidades materiales y, en lo demás, estableciendo la igualdad entre los participantes de la comunidad. Yo lo considero una ilusión" (pag. 195).
Aunque puede reprochársele cierta linealidad evolucionista heredada de su pasado de neuropatólogo, no se le pude negar su visionaria perspectiva, su notable realismo y su capacidad de observar los fenómenos colectivos como lo demuestran en sus trabajos sociales.

Respecto del segundo punto, el creador del psicoanálisis intenta responder al asombro de Einstein ante la observación del entusiasmo de los hombres por participar de la guerra, pese a las penurias evidentes. Acá nuestro autor puede explayarse a sus anchas en lo que el psicoanálisis puede realmente aportar. No hace otra cosa, entonces, que exponer su reciente versión de la teoría de las pulsiones en términos algo menos técnicos de los que emplea en su magnifica obra "El Malestar en la Cultura".
Advierte, entonces, sobre la ingenua moralina del hombre o de un voluntarismo benevolente y, en cambio le adjudica a éste una inherente "...pulsión de odiar y aniquilar..." en la complejidad de su trabazón instintiva. No es necesario abundar demasiado en un auditorio de psicoanalistas acerca de que las acciones del hombre responden, en última instancia, a distintas proporciones en la aleación de Eros y Tánatos. En último análisis a la tendencia del pasaje de lo inorgánico a lo orgánico a través de la síntesis de las partículas elementales en partículas mayores y más complejas y el proceso inverso de descomposición de lo orgánico en inorgánico, respectivamente. De la acción silenciosa y mortal de este último componente sobre el organismo y la necesidad vital de su deflexión a la realidad externa no solo para librarse de su acción destructiva interior sino para propósitos destructivos esenciales para mantener la vida propia. En cuanto a las consecuencias estructurales no pueden desconocerse la relación de Tánatos con el superyo y la conciencia moral producto de los resultados identificatorios del complejo de Edipo que recargarían en esta instancia los excesos defusionados de este peligroso ingrediente instintivo: una conciencia moral más severa sería más inhibitoria de la agresión y conllevaría a una internalización excesiva de muerte, perjudicial para la salud individual.
No es muy optimista en los remedios que resultan de esta elucidación. Dice: "...es fácil demandarlo, pero difícil cumplirlo..." cuando reclama la promoción de Eros en tanto amor tierno e identificación. También aconseja la educación de las clases dirigentes en tanto reconoce "...la desigualdad innata y no eliminable entre los seres humanos que se separen en conductores y súbditos...".
En este punto puede discutírsele a Freud su planteo en un nivel puramente económico cuantitativo de la dinámica pulsional y la omisión de factores sociológicos en las reacciones de las personas.

En el tercer punto responde a un interrogante no formulado por Einstein, sino que él mismo introduce: ¿Porqué los pacifistas se sublevan contra la guerra?
Acá introduce su conocida, y discutible (por mi parte) oposición entre la cultura y la sexualidad; esta última obligada por aquella a una limitación y un desplazamiento de las metas pulsionales. El desarrollo cultural alienta el fortalecimiento del intelecto y la interiorización de la inclinación a la agresión, que desde el superyo exacerba las restricciones morales. Por lo tanto, postula en los "pacifistas", más expuestos que otros estratos sociales a los efectos de la cultura, una repulsa intelectual y afectiva contra la guerra, además de una intolerancia estética a sus estragos; repulsa e intolerancia que considera y califica de "orgánica". Acá conviene recordar que Freud, en El Malestar en la Cultura, plantea la idea de una "represión orgánica", sustentada en la anatomía humana: el crecimiento de la corteza prefrontal a expensas de la disminución notable del cerebro olfatorio, tan desarrollado, por otra parte, en todos los mamíferos cuadrúpedos.

En mi opinión Freud sigue, en alguna medida, la extendida idea popular de una sexualidad o violencia más exuberante en los grupos sociales menos educados y sofisticados; idea coherente con su creencia de la oposición entre el instinto y la cultura. En mi manera de ver las cosas, el ecosistema humano no es otro que el medio sociocultural, y que es inconcebible al hombre (homo sapiens) de cualquier época fuera de este medio, como sería imposible concebir la vida de los peces fuera del medio acuático. Si por un momento imagináramos suprimir el factor sociocultural ya no se trataría del homo sapiens sino de mamíferos que disputan el territorio en el ecosistema natural, tal cual el creador del psicoanálisis concibió los albores de la humanidad.